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Editorial La Saeta: La Operación Enmanuel Por Victor Acero Pinto Luego de tensiones infinitas la Operación Enmanuel prohijada por el presidente Chávez y la senadora Piedad Córdoba llegó a feliz término a pesar de la oposición abierta de la camarilla política que medra desde los salones de los clubes de Bogotá. Se logró la liberación de dos de las personas retenidas por las guerrillas de las FARC. La una: Clara Rojas, abogada y candidata a la vicepresidencia en la fórmula de Ingrid Betancourt para las elecciones del 2002, quien permaneció seis largos años en las selvas de la gran cuenca del amazonas. La otra: Consuelo González, ex representante a la Cámara por el departamento del Huila, duró siete años en la manigua, tiempo durante el cual falleció su esposo y vio la luz su primera nieta, cruel paradoja. Colombia es un país sui géneris. Ha estado en guerra desde los albores del siglo XIX, sazonada con golpes de estado cada cierto periodo de tiempo, último de los cuales data del 57 y de cuando en cuando, la clase dirigente, echa mano al viejo truco del fraude electoral en el cual son artistas consumados. La democracia aún está en lontananza en esa geografía. Hoy funge de presidente Álvaro Uribe elegido por la fuerza de las pistolas y los fusiles empuñados por bandas de sanguinarios asesinos que siguen exportando cocaína a Estados Unidos metamorfosis de las Convivir, bandas armadas por Uribe y que gozan de cabal salud. Los derechos fundamentales, esos de que tanto se habla en los foros internacionales han sido una flor exótica. De los últimos 60 años durante 45 el país estuvo bajo el régimen de Estado de Sitio – una triquiñuela inventada para arrebatar los derechos básicos a la población-. Las iglesias, los jueces, la ONU, la OEA, los industriales y terratenientes guardan cómplice silencio. Todos se nutren de la explotación. Hoy como ayer esos derechos son escamoteados por la clase política más corrompida de América. Desde siempre Colombia viene siendo condenada por la Human Rights Watch como violadora de los derechos humanos. No pasa nada porque sus políticos conforman un grupo monolítico de cipayos. Colombia tiene el triste galardón de ser el único país en el mundo en que un partido político desapareció mediante el asesinato selectivo de todas sus fuerzas, hechos prohijados y ordenados por los gobiernos de turno. En ese siniestro territorio plagado de asesinos aupados por el estado en contra de sus contradictores, no fue fácil, pues, el papel estelar de la senadora Piedad y del presidente Chávez sin los cuales aún estarían pudriéndose en la selva las liberadas En ese reino de hambre, miseria, despojo y de crimen de estado amparado por las trasnacionales y los capitales criollos es el que ha dado lugar al nacimiento de grupos insurgentes. Han aparecido y desaparecido, como por arte de birlibirloque, durante dos siglos. Algunos creen haber conseguido sus objetivos y se diluyen por sustracción de materia, el ELN y las FARC se han estirado en el tiempo, desde el 64, hasta hacerse parte de la geografía nacional. Liberales y Conservadores (partidos políticos) que se han repartido en rapiña, cual hampones, el tesoro del estado, han sido insurgentes en algún momento de la historia de Colombia. Es en el seno del partido liberal que surge el hoy comandante de las FARC, Pedro Antonio Marín. Campesino que oye con nostalgia y horror como la clase dirigente ordenó el asesinato del líder popular más prestigioso de todos los tiempos: Jorge Eliécer Gaitán. Tiempo después e imbuido seguramente de su papel estelar toma el nombre de Manuel Marulanda Vélez, obrero antioqueño asesinado por la SIC (policía estatal) en una celda. A pesar de lo obvio de la confrontación, Uribe Vélez obstinadamente se niega a reconocer el conflicto para dar lugar a un acuerdo humanitario que de paso a la liberación de decenas de ciudadanos; esa verdad histórica que enseña que los grupos insurgentes no son la causa de la violencia sino el producto de ella al persistir en el tiempo el caldo de cultivo que los generó. |
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